Biografía

CARLOS BETANCOURT

De familia humilde y trabajadora, nací un 26 de octubre en San Silvestre, un pueblito ubicado en el estado Barinas, en Venezuela. De allí nos fuimos directamente al campo, por lo que mis primeros cinco años de vida se desarrollaron en una finca, en contacto directo con la naturaleza, rodeado de pequeños y grandes animales. Desde temprana edad, demostr&3acute; tener una conexión especial con los animales y muy especialmente con los perros. Mis hermanos José Gregorio y Luis Ángel, mayores que yo, se habían ido al pueblo a cursar sus estudios en casa de nuestra abuela. Quedé con mis padres José Francisco e Ilva Esther (Maye) en el campo, compartía y pasaba mucho tiempo con los perros, mamá decía que hablaba con ellos, que entendían lo que les decía y que ellos me entendían a mi cuando les pedía algo, ¿Cómo? No lo sé, pero era el único en la casa que podía hacerlo. Mi primera compañera de infancia fue una perra mestiza llamada Princesa, aún hoy la recuerdo feliz, corriendo entre los arbustos y persiguiendo todo lo que se movía, trayéndome ramas o trozos secos de árboles que le lanzaba. Hablábamos mucho, o mejor dicho, hablaba mucho y ella atenta me escuchaba; el día se hacía corto para nuestras aventuras. Cuando llegó el momento de irme a la ciudad a cursar mis estudios con un abrazo me despedí de mi compañera de juegos, quien se quedaba en su ambiente, en su campo.

  • Carlos Betancourt - El Hombre que escucha a los Perros
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Esta separación no fue definitiva, ni tan dolorosa, ya que podía regresar a la finca cada fin de semana y seguir compartiendo, no sólo con ella sino también con mis hermanos. Estábamos juntos otra vez. Al poco tiempo llegaría una nueva compañera canina a mi vida: Era un día lluvioso cuando un primo hermano de mi mamá llegó con una perrita que estaba en la calle y que estuvo a punto de atropellar, venía empapada de agua, llena de pulgas y garrapatas, con un abdomen totalmente abultado, muy probablemente con parásitos. Recuerdo a mi madre secándola, limpiándola y curándola. Veía con atención y preguntaba con insistencia si podíamos quedárnosla, la respuesta fue inmediata, un sí rotundo, sin condiciones, un si porque si: ellos la querían y yo también. Ese día, sin conocer aún los conceptos, estuve involucrado en un rescate de una perrita abandonada en la calle y en una adopción plena y definitiva, que duraría para toda la vida de nuestra perra Pantera, 100% mestiza de mestiza, color marrón, de pelo corto y ojos color miel.

Mis padres no me acompañan físicamente hoy, Dios los tiene en su reino: No eran personas estudiadas aunque sí muy educadas, eran personas de campo, amorosos con los animales. Orgulloso estoy de ellos y les agradezco eternamente haberme enseñado con sus acciones más que con sus palabras el respeto por los seres vivos, en especial por los perros y gatos. Ya conoces entonces mi amigo lector de donde viene este inmenso, profundo e incondicional amor que siento por los animales. Al cabo de un tiempo, decidí formarme profesionalmente en una carrera que vela por el respeto a la justicia y las leyes y sin mayores contratiempos en el año 1990 egresé de la Universidad Católica del Táchira como Abogado de la República. Después de diez años ejerciendo la profesión, diversas circunstancias de la vida me motivaron a alejarme de los tribunales y los litigios, por lo que decidí tomar una pausa por mi bienestar mental, físico y espiritual. Cierto día un amigo me comentó que necesitaba encontrar a alguien de confianza que pudiera cuidar y alimentar a unos perros que tenía a su resguardo en los caniles de su pequeña finca. Ese amigo lo puso Dios en mi camino, ya que en ese preciso instante, según recomendación de mi médico personal, necesitaba realizar alguna actividad que no me generara estrés, por lo que gustoso me ofrecí a ayudarle, sin cobrarle por ello absolutamente nada. En ese tiempo me dediqué a cumplir la tarea que me había encomendado, allí tuve mi primer reencuentro desde mi infancia con perros. Nunca imaginé que en ese lugar encontraría lo que tanto estaba necesitando: sosiego, lealtad y amor desinteresado. Esa fue mi curación, los perros salvaron mi vida y también fue el inicio de una nueva historia que se traduciría luego, en otra profesión. Todo tiene una relación de causalidad más que de casualidad.


Al terminar mi misión en esa finca y luego de compartir varios meses con los perros, agradecido con ellos, juré hacer todo lo que estuviera a mi alcance para ayudarlos, y me dispuse a crear un hospedaje canino en mi residencia ubicada en el antiguo Safari Carabobo, Valencia - Venezuela donde los perros fueran atendidos como reyes, con todas las comodidades posibles y que cuando sus familias humanas se fueran de vacaciones ellos pudieran sentirse mejor que en casa. A mi madre y a algunos conocidos les pareció una idea descabellada, pero mi corazón me decía que era mi manera de ayudarlos, ya que no era justo que mientras los humanos se iban a un hotel el perro se quedara metido dentro de una jaula de un consultorio veterinario. Luché y llevé a cabo mi proyecto, luego de probar diversas formas de albergar a los perros, logré instaurar el concepto de habitaciones individuales, nadie se imaginaba en ese momento que podía existir un hotel 5 estrellas para mascotas con áreas verdes cuidadas, con piscinas para perros, con peluquería, tiendas y biblioteca, prácticamente un spa canino. En el año 2004, el hotel ya tenía nombre Hotel Canino La Ponderosa así como también prestigio y reconocimiento social. Poco a poco fui mejorando el servicio y adquiriendo bienes para garantizar aún más el bienestar de los huéspedes, tanto que al cabo de dos años el hotel tenía capacidad para hospedar 150 perros en habitaciones con aire acondicionado y demás comodidades. Buscando mejorar el concepto, instauré el servicio de entrenamiento para perros. Sin embargo, los métodos o técnicas tradicionales que se utilizaban para lograr la obediencia en el perro me desconcertaban, había algo que no me cuadraba de este tipo de entrenamiento, se basaba en doblegar la voluntad del perro a través de la fuerza. Decidí ponerle punto final a esa situación y buscar otro tipo de entrenamientos más gentil con el perro.
Tras esta inquietud comencé a investigar a Jan Fennell una mujer inglesa que era conocida por muchas personas como especialista en adiestramiento canino, quien escuchaba, comprendía y transmitía un lenguaje especial a los perros. Hice contacto directo y adquirí sus manuales, libros y material audiovisual a través de los cuales comencé a estudiar profundamente su técnica. Sobre la base de estos conocimientos, los puse en práctica en mi hotel y noté que los entrenamientos cada vez eran más exitosos ya que instruían de forma sencilla, práctica y divertida tanto al perro como a la familia humana.

Había encontrado una nueva forma de ayudar a los perros, sin embargo quería más y decidí incorporar el servicio de rehabilitación con hidroterapia para perros post operados o que sufren de enfermedades tales como artritis, displasia de cadera, lesiones en los ligamentos, ayudándoles a reducir el dolor y a acelerar la recuperación después de una cirugía. No existía este servicio en mi país, fui pionero nuevamente y fueron muchos los perros que personalmente rehabilité en las piscinas del hotel, recuerdo a mi madre sentada al borde de la piscina atenta a mis movimientos cuando realizaba las terapias y alcanzándome los flotadores o chalecos salvavidas que le colocábamos a los perros, así como trayendo la bolsa de agua caliente para aplicarle calor a los perros en la cadera o en las rodillas. Las personas fueron regando la voz sobre mis terapias de rehabilitación y una tarde se apareció una señora con una perrita salchicha en brazos que había quedado imposibilitada de caminar, sus patas traseras no le respondían y tenía que arrastrarse por el piso para desplazarse de un lugar a otro. Esa perrita Kitchy Carolina estaba en muy mal estado de salud, además de su problema de movilidad, un medicamento recibido había causado estragos en su estomago, vomitaba demasiado y el pronóstico no era nada alentador. Mi madre y yo nos miramos, sin hablar ambos asentimos y nos comprometimos a ayudarla pasara lo que pasara y así se lo hicimos saber a su familia humana. Con la ayuda de Dios y los cuidados especiales de mi madre la perrita se salvo, de 2 kg que pesaba cuando llegó al cabo de varios meses llegó a pesar 8 kg, se recuperó física y mentalmente, tanto así que no había manera de que se quedara quieta y al arrastrarse por el piso se hacía heridas en sus patas.




Mi sueño de ayudar a los perros logró contagiar a mi mamá, quien me brindó un gran apoyo y juntos logramos crear para Kitchy Carolina la primera silla de ruedas para perros discapacitados en mi país. En la actualidad se han fabricado más de 300 sillas para perros discapacitados, mejorando significativamente su calidad de vida. En aquel entonces no había en mi país un lugar donde fabricaran sillas de ruedas para perros y si alguno quedaba discapacitado se tomaba la decisión de dormirlo (sacrificarlo) para evitarle sufrimiento. Debo decir que nunca hemos cobrado absolutamente nada por la mano de obra al hacer estas sillas, eso sí, la familia humana del perro siempre ha comprado los materiales. En mi libro vas a encontrar una infografía con un paso a paso de cómo se construyó el modelo original y que comparto contigo con la idea de que tú también puedas fabricar una silla de ruedas en el caso de que algún perro llegare a necesitarla.
Debes haberte preguntando de donde salió mi famoso apodo El hombre que escucha a los perros®, hoy convertido en marca registrada. En el año 2009 en Boston, EE.UU. la autora inglesa Jan Fennel iba a estar dictando cursos, evaluando y certificando a entrenadores de ese país, sin invitación previa me trasladé hasta allá, hice todo lo posible por ser su alumno, lo fui y obtuve mis primeros certificados en Comunicación Canina Básica y Avanzada, los cuales avalarían mucho más mi trabajo y a partir de ese momento me convertí en Entrenador Canino Profesional Certificado, por lo que debía tener mi propia página web para promocionar mis servicios. Al momento de seleccionar el nombre teníamos muchos para escoger, pero ninguno llenaba nuestras expectativas, entonces observé que uno de mis certificados decía dog listener cuya traducción al español sería literalmente escuchador de perros, y me dije soy un escuchador de perros, eso es lo que yo hago y encontré el nombre que tanto andaba buscando, no sólo para la página web sino para darme a conocer como El hombre que escucha a los perros®.


...La historia de mi vida aún la sigo escribiendo, he llevado mi mensaje de educación gentil a todos los rincones de mi país, Latinoamérica, Norteamérica y Europa, he obtenido muchas certificaciones más y vienen otras en camino, he ayudado y sigo ayudando a miles de personas que me ven, me escuchan o me leen, tengo más amigos y conocidos de lo que jamás pensé podría llegar a tener, disfruto y correspondo con humildad al cariño y admiración de la gente, todo ello gracias a Dios y al amor que siento por los perros. Hoy tienes en tus manos el fruto de muchos años de trabajo, una nueva forma que he encontrado de ayudar a los perros.